Las Petacas: usan "chicos bandera" para la aplicación de agroquímicos

Los menores se paran donde cae la nube de plaguicida y marcan el lugar por el que debe volver el fumigador.

Las Petacas. En el marco de la cobertura en esta localidad para tratar la lucha que los Vecinos Autoconvocados mantienen para preservar el medio ambiente, y poco después de que los ambientalistas visitaran la comuna para manifestar sus reclamos, LaCapital dialogó con dos hermanos, de 14 y 16 años, que realizan tareas de «banderilleros». En un impactante testimonio los jóvenes relataron cómo es el oficio de guía que hacen en los campos cuando son rociados con agroquímicos.

La situación que relatan – más allá de estar reñida con la legislación laboral que prohíbe emplear a menores para trabajos insalubres y limita el tiempo de las tareas – violenta hasta la indignación porque vulnera los principios que todo ser humano debe enarbolar en señal de respeto por el prójimo; todo en nombre del desarrollo económico que en ciertos ámbitos parece justificar cualquier método.

– ¿Cómo es el trabajo de banderillero?

– Entrevistado 1: Primero se comienza a fumigar en las esquinas, lo que se llama «esquinero». Después, hay que contar 24 pasos hacia un costado desde el último lugar donde pasó el «mosquito», desde el punto del medio de la máquina y pararse allí.

– ¿A cuántos metros pasa el mosquito de ustedes?

– Dos o tres metros.

– ¿Qué productos usan?

– Randap, a veces 2-4 D. Tiran insecticidas y mata yuyos. Tienen un olor fuertísimo. A veces también ayudamos a cargar el tanque. Cuando hay viento en contra nos da la nube y nos moja toda la cara.

– ¿Usan guantes o protección?

– No, no nos dan nada de eso.

– ¿Cuanto les pagan?

– Entrevistado 2: Con el «mosquito» pagan de 20 a 25 centavos la hectárea y con tractor 50 centavos. La diferencia es que el tractor va más lerdo. Con el «mosquito» hacen 100 o 150 hectáreas por día. Se trabaja con dos banderilleros, uno para la ida y otro para la vuelta.

– ¿Cuánto trabajan?

– E.1: Trabajamos desde que sale el sol hasta la nochecita. A veces nos dan de comer ahí y otras nos traen a casa, depende del productor.

– ¿Los buscan siempre?

– E.2: Sí, vamos nosotros y otros dos chicos que viven acá cerca. Trabajamos más o menos tres veces a la semana en tiempos de fumigación.

– ¿Ustedes saben que esos líquidos les pueden hacer mal?

– E.2: Sí, lo aprendí en primer año de la escuela.

– ¿Qué les puede pasar?

– E.2: Que tengamos cáncer.

– E.1: Cuando volvemos tengo dolor de cabeza y de estómago y cuando estamos ahí también.

– ¿Eso lo hablaron con la gente que los contrata?

– E.2: No.

– ¿Ellos no les preguntan nada?

– E.1: No.

– ¿Cuánto hace que trabajan?

– E.2: Hace tres o cuatro años. En los tiempos de calor hay que aguantárselo al rayo del sol y encima el olor de ese líquido te revienta la cabeza. A veces me agarra dolor de cabeza en el medio del campo.

– E.1: Yo siempre llevo remera con cuello alto para taparme la cara y la cabeza.

– ¿Quién los contrata?

– E.2: Nos buscan dos productores. Cada uno tiene su gente, pero algunos no porque usan banderillero satelital.

– ¿Donde lavan los «mosquitos»?

– E.1: A veces los lavan en el campo o atrás de nuestra casas. Ahí nomás, donde antes sacábamos el agua para tomar.

– ¿El trabajo es pesado?

– E.2: Hacemos un descanso al mediodía y caminamos 200 hectáreas por día. No nos cansamos mucho porque estamos acostumbrados. Los productores no nos dan nada, nosotros llevamos una botella de agua.

– ¿Se te pasa enseguida el dolor de cabeza?

– E.1: No, tengo que venir a mi casa y tomarme una pastilla.

– E.2: A mí me dolía la cabeza y temblaba todo. Fui al médico y me dijo que era por el trabajo que hacía, que estaba enfermo por eso. La primera vez que me pasó fue antes de trabajar de banderillero, fue la primera vez que me acerqué a los líquidos.

El padre de los jóvenes también participaba en esas tareas pero tuvo que abandonar por razones de salud. «No voy más a las fumigaciones porque me agarra una hinchazón insoportable en todo el estómago», indicó.

– ¿Qué decidieron hacer con los chicos?

– Padre: Yo sabía que a ellos les iba a hacer mal a la salud. Así que apenas pude les dije que no vayan más. Total trabajan por una miseria? pero hay veces que no tenemos otra opción. Necesitamos hacer cualquier trabajo.

Sobre el final, uno de los chicos manifestó que «en caso de que no tengamos otra cosa y necesitemos plata, volveremos de bandera en la próxima temporada».

Al respecto solicitaron la intervención comunal «para erradicar definitivamente el uso de los menores en las operaciones con esas máquinas y, eventualmente, aviones sin equipo de GPS y también en otras funciones vinculadas a la aplicación de plaguicidas».

Los autoconvocados y la Funam instaron a Battistelli para que «en un plazo de 30 días corridos elabore un programa de erradicación de todas las actividades contaminantes relevadas y defina una franja de protección de mil metros alrededor del pueblo para que no puedan usarse plaguicidas de ningún tipo».

Ese plazo venció recientemente, y por lo tanto ambas entidades están decididas a dirimir el tema ante la Justicia.

El caso a la Justicia

Los vecinos autoconvocados de esta localidad entregaron en la comuna una carpeta que contiene el resultado de las investigaciones que realizaron sobre el impacto de las actividades agropecuarias en la población, en especial del mal uso de agroquímicos y la probable contaminación a los habitantes.

Según explicaron, «la comuna ya había sido emplazada para analizar diversas situaciones de riesgo respecto al funcionamiento de cerealeras, almacenaje y manejo de granos y fitosanitarios dentro del ejido urbano», entre otras irregularidades detectadas. Por esa razón, adelantaron que en breve harán presentaciones en la Justicia federal, para que se encargue de investigar los casos de contaminación ambiental sobre la población.

Anteriormente, la Agrupación de Vecinos Autoconvocados de Las Petacas y la Fundación para la Defensa del Ambiente (Funam) habían emplazado al presidente comunal Miguel Angel Battistelli para que elabore un programa de erradicación de actividades contaminantes relacionadas con las explotaciones agropecuarias y el uso de agroquímicos.

En una carta documento enviada a la comuna, los vecinos indicaron que en la localidad «existen amplias y generalizadas violaciones a la ley nacional de residuos peligrosos y a otras normas nacionales y provinciales, con el caso extremo de la utilización de menores como «banderas» para marcar el área alcanzada por los agroquímicos en los sembrados.

Entre otras infracciones -que calificaron como «riesgosas para la salud»- destacaron el descarte de envases de plaguicidas en el basurero municipal y la quema de esos recipientes «en forma continua, lo que pone en grave peligro el ambiente y la salud de las personas».

También mencionaron la acumulación con fines comerciales de envases descartados de plaguicidas en pleno poblado, en lugares a cielo abierto y otros cubiertos, el estacionamiento de máquinas «mosquitos» contaminadas o conteniendo plaguicidas dentro del ejido urbano y la localización y funcionamiento de depósitos de cereales cuyas operaciones de secado diseminan partículas de riesgo contaminadas con plaguicidas dentro del pueblo.

Además, destacaron la «continua operación de máquinas «mosquito» y los aviones fumigadores en los bordes y sobre la planta urbana, lo que provoca la contaminación de personas y bienes y podría estar afectando su salud, en especial la de los niños».

En esa oportunidad los ambientalistas ya habían denunciado la existencia de casos extremos, como la utilización de menores como «banderas», que se paran en el campo para marcar el límite alcanzado por la nube de químicos e indicar dónde debe pasar el vehículo aspersor en su próxima vuelta.

Fuente: Diario La Capital

Enfermedades de oficina: qué son y cómo prevenirlas

Los telemarketers, contadores, abogados, administrativos y hasta ejecutivos de empresas sufren de al menos diez dolencias por las características y condiciones de sus trabajos, que causan ausentismo laboral pero también dañan la salud. Qué hacer para evitarlas.

Si alguien encuestara a sus compañeros de trabajo sobre qué dolencia los afecta más y faltan a su empleo, es probable que sus colegas citen indisposición, malestar, gripe. Sin embargo, el 55% de los casos notificados en 2004 corresponden a enfermedades del oído, como hipoacusia o sordera.

Así lo mostraron los resultados de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo. Este registro es oficial y tiene asentados unos 8 mil casos de enfermedades profesionales y esto incluye a los trabajadores de fábricas, ingenios, compañías químicas, construcción y otros trabajos que tienen riesgos.

No obstante, hay una lista de unas 10 o más patologías que claramente afectan a los trabajadores con un aparente empleo de riesgos menores, como un administrativo de una empresa, un ejecutivo, un telemarketer, un vendedor o encargado de un comercio, una promotora, un contador.

La lista negra comienza con migrañas, dolores de cabeza, dolor de espalda, columna, contracturas, hasta llegar a trastornos en las articulaciones, como tendinitis, bursitis, o en los ojos, como el síndrome de ojos secos.

«Todas estas afecciones están relacionadas con las condiciones de trabajo. Cuando existe una carga física acentuada pueden aparecer los trastornos de columna, las posiciones viciosas, las tendinitis y tenosinovitis, que son la expresión de los movimientos que lleva trabajar con el mouse», detalla a Infobae.com Federico Marcó, ex presidente de la Sociedad de Medicina del Trabajo de la Provincia de Buenos Aires, y actual director ejecutivo de la Asociación Latinomaericana de Salud Ocupacional.

Aunque son consideradas menores y algunas, obviamente, no aparecen en el listado de las enfermedades profesionales para la ley, son pequeños trastornos que afectan la calidad del trabajo y de vida para el empleado. Para el empleador, son síntomas de ausentismo laboral.

Según el Centro del Dolor de Cabeza de Buenos Aires, esta afección puede llegar a ser incapacitante y por esta dolencia, un empleado pierde de uno a cuatro días al año de trabajo.

Otra dolencia frecuente es el dolor de espalda, las contracturas en el cuello y una sensación de dolor profundo en la cintura.

Ocho de cada diez personas padecerán dolor de espalda en algún momento de sus vidas. En general, la lumbalgia – el término médico – es difícil de solucionar.

Un estudio realizado por la Red Española de Investigadores en Dolencias de la Espalda mostró que más de un tercio de los pacientes con lumbalgia sigue con la dolencia tras dos meses de tratamiento.

Encima, de los afectados a los que se les da la baja laboral, el 79% sigue sin asistir al trabajo durante los 14 días después, según muestra el estudio, que fue publicado en la revista BioMed Central.

El personal que pasa muchas horas frente a una computadora puede lograr una disminución de la vista, síndrome de ojo seco o, sin ir más lejos- un simple cansancio ocular.

El hecho de estar concentrado en el trabajo puede hacer que el empleado comience a pestañear cada vez menos, lo que produce, a su vez, dolor de cabeza y malestar. En cambio, los trabajadores que están expuestas a un oficina con poca luz, humo, contaminación ambiental, pueden sufrir el síndrome de ojo seco, que es la ausencia de lágrimas que lubrican la vista. Como hay dos tipos de lágrimas -las lubricantes y las de reflejo-, la irritación del humo, la mala circulación de aire o el frío pueden hacer que aparezcan lágrimas que, curiosamente, no son las lubricantes, por lo que el problema y el cansancio persisten.

Por último, pero no menos importante, el personal que atiende al público sufre de dolencias en las piernas como várices, edemas, celulitis, aunque estas tres no están consideradas como enfermedades profesionales.

La llegada del «estoy quemado» o el burn out

«Hoy debemos considerar afecciones que no son profesionales porque no estan en el listado pero que ocupan un importante lugar en la casuistica de ausentismo y que responden a los riesgos psicosociales», añade Marcó, experto en medicina del trabajo.

Entre las afecciones que menciona el especialista está el mobbing, o acoso moral, que puede sumir a la víctima en una profunda depresión.

La otra es el burn out, tambien llamado «síndrome de agotamiento profesional», una evidente manifestación de estres laboral y tampoco aparece en la lista de enfermedades profesionales.

El estar quemado aparece como un cansancio general y desgaste emocional, hay una desvitalización y empeora la relación con los otros con actitudes de irritabilidad, agresividad, impaciencia, cinismo, suspicacia e intolerancia. Otros síntomas y consecuencias del burn out: pérdida del sentimiento de competencia e idoneidad profesional, desmotivación, pérdida de la autoestima laboral, deserción y abandono de tareas.

Cómo prevenir algunas enfermedades del trabajo

Todas las afecciones relacionadas con el trabajo pueden ser minimizadas con tareas y cambios preventivos.

«Para aplicar medidas de prevención es necesario tener conocimiento de que algo sucede», señala Federico Marcó.

El segundo paso es reducir los riegos: por ejemplo, poner una mejor iluminación en la oficina, abrir las ventanas para mejorar la ventilación y evitar que los escritorios sean un caldo de cultivo para la gripe o resfríos. El escritorio y las sillas deben tener una altura necesaria que evite la inclinación de la columna hacia delante, lo que genera una mala postura y lumbalgias. Para los movimientos repetitivos, como el del mouse, hay teclados y ratones ergonómicos. Para mejorar la vista, un protector de pantalla ayuda a reducir el impacto lumínico. Asimismo, el uso de un protector solar es importante, para evitar el envejecimiento celular.

«Es importante tener pausas en el trabajo diario», observa el experto en medicina laboral. Esa pausa hace que el empleado estire las piernas, evite calambres, dolores de cabeza y se despeje. Muchas de las prácticas no requieren más que de un cambio de hábitos y pequeñas inversiones en las oficinas.

Por Denise González Eguilior
Infobae.com

Fuente: www.infobae.com

Cayó un cielo raso y debieron evacuar neonatología del Provincial

La sala de neonatología del Hospital Provincial (Rosario – Pcia. de Santa Fe) debió ser evacuada hace instantes debido al desprendimiento de parte del cielo raso debido, aparentemente, a la rotura de un caño.

La gran cantidad de chicos alojados en esa sala eran trasladados por ambulancias a otros efectores mientras se procedía a la clausura preventiva de la sala.

Fuente: Diario La Capital

Un cigarrillo a los 11 años conlleva a convertirse en fumador regular

Un nuevo estudio mostró que los adolescentes que se prueban al menos un cigarrillo a esa edad tienen más posibilidades de convertirse en fumadores para los 14. Se trata de un efecto «latente» que aparece en el cuerpo de los jóvenes.

Un nuevo estudio demostró la facilidad con que el tabaco se convierte en un vicio para los adolescentes.

Según los investigadores del Universitiy College de Londres, los chicos que prueban al menos un cigarrillo a los 11 años tienen muchos más riesgos de convertirse en fumadores regulares tres años después.

Los científicos hallaron que con sólo un cigarrillo comienza un efecto latente en el cuerpo del adolescente, que los hace más vulnerables al vicio.

La investigación se apoyó en un estudio previo de la CDC que mostraba que cerca de dos de cada diez estudiantes entre los 15 y los 17 fumaban.

Los científicos de Londres analizaron a más de cinco mil alumnos de escuelas de esa ciudad. El estudio comenzó cuando los niños tenían 11 años y finalizó a sus 16. Cada año, los estudiantes completaron un cuestionario sobre el cigarrillo, si habían fumado y si continuaban. Además, los expertos analizaron la saliva de los chicos para testear el nivel de nicotina.

Fuente: www.infobae.com

A 20 años de Chernobyl, la peor tragedia nuclear de la historia

Unas 200 mil personas murieron y 2 millones sufren aún hoy las consecuencias. La central esparció hasta 200 toneladas de material radioactivo equivalente a entre 100 y 500 bombas atómicas como la de Hiroshima. Una catástrofe que sigue provocando miedos e intrigas.

(EFE).- Ucrania conmemora el 20 aniversario de la catástrofe en la central nuclear de Chernóbyl, la mayor de la historia de la energía atómica, cuyo legado de muerte y radiación aún amenaza la vida de millones de personas.

Ucrania rendirá tributo a las miles de víctimas que perdieron la vida tras la cadena de explosiones ocurridas en el reactor número cuatro a las 01:24 del 26 de abril de 1986.

La central, cuya avería fue provocada por una conjunción de errores humanos, técnicos y de construcción, esparció hasta 200 toneladas de material fusible con una radiactividad equivalente a entre 100 y 500 bombas atómicas como la de Hiroshima.

Más de 600.000 «liquidadores» – bomberos, soldados, funcionarios y voluntarios soviéticos – combatieron durante semanas contra la radiación en condiciones «paupérrimas» – sin trajes ignífugos ni cascos – lo que a la postre les supondría a muchos la muerte o la invalidez de por vida.

«En Ucrania, en esa época del año ya hace bastante calor, por lo que fuimos a apagar el fuego en mangas de camisa», declaró a EFE Víctor Birkún, de 56 años, bombero que descansaba en un barracón a 150 metros de la planta cuando ocurrió el accidente.

En víspera del aniversario, Yúschenko hizo un encendido llamamiento en favor de celebrar una nueva conferencia de donantes, ya que «las secuelas de esa avería nuclear superan la capacidad de un sólo país».

La respuesta de la comunidad internacional no se hizo esperar y el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD) anunció hoy haber reunido el dinero necesario para construir un segundo sarcófago sobre el averiado reactor número cuatro.

El director del Departamento de Seguridad Nuclear del BERD, Vince Novak, agregó que «los países donantes están dispuestos a incrementar la financiación en la medida de lo necesario. Lo esencial es gestionarlo de manera racional».

Novak, que se manifestó hace unos días «decepcionado» por no haber podido comenzar las obras de construcción coincidiendo con el 20 aniversario, anunció que el banco asignará este año 263 millones de euros a las obras de construcción del nuevo sarcófago, que comenzarán este verano.

Yúschenko, que cifró en 1.900 millones de dólares el coste de las obras, mantiene que el nuevo sarcófago para el accidentado reactor número cuatro debe estar construido antes de 2010 por cuestiones de seguridad.

El nuevo sarcófago, que cubriría al actual de acero y hormigón, que ya presenta grietas y fugas radiactivas, tendría una longitud de 257 metros, una anchura de 150 y una altura de 108 metros.

Yúschenko reconoció recientemente que Ucrania podría adjudicar en las próximas semanas el proyecto del sarcófago a una compañía francesa.

Las autoridades ucranianas advierten que las unidades una, dos y tres de la central, clausurada en diciembre del año 2000, aún contienen combustible nuclear, con lo que el peligro de radiación está muy presente.

Kíev demanda el cumplimiento de «Memorando de Ottawa», el acuerdo alcanzado por Ucrania en diciembre de 1995 con el Grupo de los Siete países más industrializados (G-7) sobre ayudas al país a cambio del cierre de la planta.

El acuerdo preveía inversiones a fondo perdido y créditos por valor de 2.300 millones de dólares para compensar el cierre de Chernóbil con la construcción de dos nuevos reactores en las centrales nucleares de Jmelnitskaya y Rivno.

En Ucrania, más de 2.300 localidades sufrieron los efectos de la contaminación radiactiva, que obligó a evacuar del territorio afectado a 164.000 habitantes y a establecer una zona de exclusión en un radio de 30 kilómetros alrededor de la planta.

El viceprimer ministro Stanislav Stashevski informó estos días de que en Ucrania la radiactividad afectó, en uno u otro grado, a 2,6 millones de habitantes, incluidos 600.000 niños.

Según la Unión «Chernóbil» de Rusia, cerca de 100.000 «liquidadores» soviéticos han muerto en los últimos 20 años tras entrar en contacto con la radiación.

Unos 2 millones de personas, entre ellos medio millón de niños, sufren las secuelas de la radiación en la vecina Rusia.

Mientras, en Bielorrusia, un 23 por ciento del territorio fue contaminado por la lluvia radiactiva y más de un 1,7 millones de personas (360.000 niños), cerca del 20 por ciento de la población, aún sufre las consecuencias de la radiación.

Fuente: www.infobae.com

Chernobyl: fantasmas de una catástrofe

Pese a que está prohibido habitar los lugares más afectados por la radiación, algunas personas regresaron a sus antiguas casas, donde viven de forma casi fantasmal; sus historias.


Motria Trojimivna Foto: Lurdes R. Basoli


María ShilanMar Foto: Lurdes R. Basoli


Mikhail Arsentievich regresó a su casa, en la zona de exclusión, saltando los controles militares Foto: Lurdes R. Basoli

CHERNOBYL. Chernobyl también tiene fantasmas. De carne y hueso. Son unas cuantas docenas, tal vez superen los 300. Nadie sabe la cifra porque nadie se acuerda de ellos. Sobreviven en la zona prohibida, el área de exclusión de 30 kilómetros en torno a la central nuclear donde la contaminación radiactiva supera hasta 40 veces, y más, el máximo permitido por la Agencia Internacional de la Energía Atómica (organismo perteneciente a la ONU). En Ucrania los llaman los ilegales. También los pueblerinos eternos. La gente que nunca muere.

Mikhail Arsentievich es uno de ellos. Se mueve sobre la nieve con la paciencia de sus 80 años. Ya a la distancia, fija su mirada en los ojos del intruso. Y sonríe con sorpresa para enseñar el único diente que le queda. «¿No tiene miedo a la radiación?», le pregunto. «Jamás. Nunca en estos 20 años», contesta.

Madrugada, sábado 26 de abril de 1986, 1.26 am. Explosiones en cadena en el cuarto reactor de la central de Chernobyl. Un experimento, que simula el corte en el suministro eléctrico, provoca el mayor accidente nuclear de la historia. Error humano: los operadores violan hasta seis normativas de seguridad. El agua de refrigeración comienza a hervir desde su base, se evapora y estalla el hidrógeno acumulado dentro del núcleo. Vuela la tapa del reactor, que pesa mil toneladas. El núcleo arde al rojo vivo. La temperatura alcanza 2500 grados. Veintiocho bomberos evitan la extensión del incendio a toda la central. La mayoría lo pagará con sus vidas. Seis de ellos, los primeros que murieron, hoy son héroes nacionales de Ucrania. Otros 24 trabajadores fallecen durante las primeras horas. Poco después se registran niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania y Austria. El 30 de abril, en Suiza e Italia. El 1° de mayo, en Francia y Gran Bretaña. El 2 de mayo, en Japón. Y el 5 de mayo, en Estados Unidos. El mundo tiembla.

Mikhail sólo ha vivido lejos de los bosques de Chernobyl en dos ocasiones. La primera, durante la II Guerra Mundial: «Los nazis me llevaron a Alemania. Estuve tres años trabajando, a la fuerza, para ellos. Me escapé y volví a casa, caminando».

Cuarenta años después, Mikhail huyó de nuevo. En esta ocasión no se trataba de trabajos forzados. Simplemente no era feliz en el lugar a donde fue evacuado por el gobierno soviético. Y regresó a la zona del terremoto nuclear «con mi abuela [mujer]», saltando los controles militares, evitando la persecución de la policía. Ilyinski, su pueblo de toda la vida, estaba abandonado. Como ahora. Sólo los fantasmas y algún visitante deambulan por sus caminos nevados.

Acceder al mítico Chernobyl no es tan difícil como parece: basta una pequeña pelea administrativa para conseguir un permiso de entrada a cambio de dinero. El viaje desde Kiev se prolonga dos horas. Un par de controles con militares, a los que parece les robaron la sonrisa hace tiempo. Pasaporte, arriba la valla y ya estamos en la zona de exclusión. Varios kilómetros por un camino solitario y entre la nieve preceden a la entrada en el cuartel general del pueblo de Chernobyl. Aquí se concentra la gente que trabaja en el refuerzo del sarcófago de la central y en las distintas empresas creadas por el Ministerio de Asuntos Extraordinarios para la medición de la radiactividad, la limpieza de bosques, etcétera. Y como las viejas costumbres tardan en desaparecer, la bienvenida suena a discurso muy soviético, donde pareciera que nada pasó. El único examen de radiación se produce a la salida. Si la lucecita es roja, habrá que dejar las prendas contaminadas.

Lo primero que llama la atención en los pueblos abandonados es el silencio. Silencio sepulcral. Las vacas no mugen, los perros no ladran. Ni siquiera se escucha el galope de los caballos salvajes de Prizhivalski, tan rebeldes como los ilegales de Chernobyl. Las personas tampoco perturban el silencio. Sólo el viento, que empuja el frío a los pulmones. Tan helado que hiela el alma. En una casa abandonada encontramos tres chaquetones colgados junto a una ventana. Alguien salió corriendo hace 20 años…

Había escuchado hablar de los ilegales. Son una pequeña leyenda, olvidada a veces, desconocida otras, en la Ucrania de hoy. Viéndolos ahora, tan alejados de esas imágenes de zombis, uno se pregunta por los horrores que inventa el ser humano. Chernobyl es uno de ellos. Poco importa que hayan pasado veinte años. Pasarán 300 y esta área seguirá contaminada. Y el número de víctimas continuará creciendo…

Han transcurrido 36 horas tras el accidente. Evacuados los 50.000 habitantes de Pripyat, la ciudad más cercana al reactor. Les dijeron que se iban tres días. Y han pasado 20 años. Una de las urbes más prósperas de la ex URSS muere para siempre. La villa de Chernobyl, más alejada, y todos los pueblos de la zona también son desalojados en mayo. Entre Ucrania y Belarús alrededor de 300.000 personas abandonan sus hogares. Se crea el área de exclusión, que sigue vigente hoy.

«Aquí había mucha radiación, el viento venía del norte, desde la central. Pero yo creo que ahora el aire es más limpio», evalúa el ucraniano Ilia, quien acaba de cortar madera del bosque con una sierra que tiene tantos años como él. «Mi salud está bien. Alguna pieza no funciona, pero el motor es bueno».

Si algo le sobra a María Shilan es salud. El único acontecimiento capaz de acelerar su pulso son los combates de boxeo de los hermanos Klichko, reyes de los pesos pesados y héroes nacionales en Ucrania. Sólo Shevchenko, el delantero del Milan, es capaz de hacerles sombra. «Le dieron tal puñetazo a Vitaliy que tuve que salir fuera de la casa. No quería volver porque me lo imaginaba tumbado, sobre la lona. Pero cuando volví a ver la tele él seguía de pie, combatiendo».

María también planta su cuerpo pequeño en el ring de la vida. Una vida que se llevó a sus dos hijos por culpa de la maldita radiación. Los dos trabajaban en la central. «Y murieron. Por supuesto, la culpa la tuvo la catástrofe. Hasta entonces eran muy sanos.»

Motria Trojimivna escucha imperturbable las palabras de su amiga y vecina. Creo que serían necesarias mil explosiones como Chernobyl para que esta mujer cambiara su gesto adusto. Así sentada, y con esa mirada, parece la reencarnación de un cuadro de Wermeer. De hecho, la casa de María sería el mejor escenario para la pintura del holandés. «Vengo aquí para hablar con mi amiga. En invierno no hay otra cosa que hacer. Encendemos el horno, nos calentamos y hablamos». Quién lo diría, porque Motria pertenece a esas personas que callan y observan. Mientras María, tan pizpireta, nos enseña su casa, típico hogar campestre del norte ucraniano. Muestra con orgullo sus bordados de flores multicolores, su pequeño altar dedicado a los santos ortodoxos, su espejo tras los almohadones. Una casa coqueta que jamás podrá vender, ni siquiera regalar. Es tan ilegal como ella.

Cuando María comienza a lanzar sus puñetazos contra el poder, Motria ni pestañea. «Tras el accidente nos confiscaron los animales y nos aseguraron que sólo nos íbamos por tres días. El poder siempre mentía. Nos transformaron en mendigos, tan lejos de nuestra tierra. Por eso volvimos». Eso sí, esta mujer es todo optimismo. Se aclara la garganta y entona un estribillo que sólo los fantasmas se atreven a repetir: «Somos una nación, no nos da miedo la radiación».

Miles de personas trabajan durante meses en Chernobyl para mitigar los efectos de la catástrofe. Son los llamados «liquidadores», otro atajo de valientes. Arrojan al núcleo 5000 toneladas de arena, arcilla, plomo… Construyen un sarcófago para envolver al reactor. En sus entrañas, 20 toneladas de combustible nuclear, uranio y plutonio. La precipitada construcción provoca grietas y defectos en 200 metros cuadrados de la superficie del sarcófago. Hoy continúan escapándose aerosoles radiactivos. Sólo el blindaje con un nuevo sarcófago, que está diseñado pero todavía no se ha iniciado, garantiza que no haya otro accidente. La nueva protección será tan alta como la Estatua de la Libertad. La zona contaminada tardará siglos en limpiarse.

Aislados en la zona prohibida

María y Motria viven en Parishev, otro de los pueblos abandonados de la zona de exclusión situado a una decena de kilómetros de la central. Como Ana Ivanova. Esta mujer de 70 años está sola. «Subsisto con mi cerdito, con una pequeña pensión [en torno a 80 euros] y con algunas cosas que planto, como las cebollas. Pero los jabalíes se las comen todas». Una fotografía en sepia, pegada a la pared, añora tiempos prósperos ya pasados. Ana sostiene una calabaza gigante, juraría que récord Guinness.

Refugiándose del frío, que en el pasado invierno cayó hasta los 30 grados bajo cero, Ana borda en lino. La mejor noticia de los últimos tiempos son las revistas que le han traído sus visitantes. Las mira como si fueran las únicas sobre la Tierra. Y a buen seguro que lo son en el bosque de los fantasmas.

Mikola Tkachenko y María Shevchenko eligieron vivir juntos para no estar solos. El tiene 49, y ella 64. A María se la ve radiante. A Mikola, que es el más jovencito de la zona, también. Pero tiene leucemia. Está empeñado en hacer funcionar su radioteléfono, que parece salido de un museo de la Guerra Fría. Lo prueba satisfecho. Y es tal la potencia de su voz que uno se pregunta para qué quiere un teléfono. Medio Chernobyl podría escucharla a través de sus ventanas.

La pareja anda revolucionada esperando la llegada de la camioneta, que dos veces por semana aprovisiona de comida los pueblos de los fantasmas. Pero hoy es un día negro, así bautizado cuando la nieve o algún percance impide el acceso del pan, conservas o jabón de la modesta tienda ambulante. Los vecinos no reciben visitas, ni siquiera de sus familiares que viven fuera de la franja de exclusión. Sin embargo, están de fiesta una vez al mes, cuando la autoridad de la zona prohibida -la misma que se encargará de evacuarlos si sufren algún problema de salud serio- fleta un ómnibus para que los ilegales viajen a un pueblo cercano y se aprovisionen de medicinas y otros productos. «Pero llevamos dos meses sin ómnibus. No había gasolina», matiza Mikola. «Veremos ahora, con el aniversario, si mejora nuestra situación, y nos arreglan el pozo, que el agua está contaminada».

Ya han pasado 20 años. «Nosotros vimos la humareda, pero no sabíamos qué pasaba. Seguimos trabajando en el koljost, la granja colectiva. Nuestra prensa tampoco informaba. Hasta que nos evacuaron. Nunca olvidaremos las tardes que pasábamos en Pripyat. Hoy se habría convertido en la mejor ciudad del país».

Ahora la pareja siempre está ocupada. Que si recogiendo hongos, que si alimentando a los pavos, que si plantando tomates y pepinos en el huerto… Viven en Lubianka, otro de los pueblos fantasmagóricos, el más alejado de la central, a 30 kilómetros.

En Chernobyl la vida avanza con la amargura del que se siente olvidado, pero sigue, incluso para Anastasia Pavlovna, la única habitante de Velyqui Clischy en 20 años. La abuelita Nastya se pasa el día en la iglesia ortodoxa. Allí ha llevado sus mejores bordados. Y reza. Pero como está sola, además de única feligresa ejerce también de sacerdote. Lo que no sabemos es si ha podido perdonar a los culpables de su soledad.

¿A cuántas personas ha matado la tragedia? Según el Organismo Internacional de la Energía Atómica, a 4000. Para la organización ecologista Greenpeace, las víctimas rondarían las 270.000, directas e indirectas. Cada fuente consultada sostiene una cifra. Algo parecido sucede con las secuelas. En Ivankov, ciudad fronteriza con la zona de exclusión, un estudio del gobierno local arroja datos escalofriantes: de 1025 estudiantes analizados, 744 tienen problemas asociados con el accidente (cáncer de tiroides, leucemia, corazón, pulmones…). Ivankov recibió a miles de evacuados. También es una ciudad de liquidadores.

Eso sí, no todo parece eterno en el bosque de Chernobyl. «No sabemos nada de uno de nuestros vecinos. El pobre se puso a caminar en dirección al pueblo de Chernobyl después de Año Nuevo. Y desapareció. No sabemos nada de él…». Quien habla es Ana Radkovich, 82 años de sabiduría popular, habitante de Ilyinski. Y quien sentencia es su compañero, Ilia Loginovich: «Se lo comieron los lobos. No es el primero…».

Prohibido nacer

Muerte y vida en Chernobyl, aunque parezca imposible. Una niña nació en 1999 dentro de la zona prohibida. Las autoridades no conocieron tal acontecimiento y cuando éste se hizo público alborotó al país. Detractores y conciliadores entraron en debate. Al final, se decidió que esa niña no podía vivir en los pueblos fantasmas. De hecho, ningún niño correteará nunca en la zona contaminada. Y es que también está prohibido nacer en Chernobyl.

Otra de las leyendas que circula por Ucrania es tan atrevida que hasta los científicos se han visto obligados a intervenir. Vegetación exuberante, animales gigantes, mutaciones genéticas… Pero la realidad es terca: la vegetación crece salvaje lejos de la mano del hombre; se ha pescado algún pez cargado de kilos, poco más; y sí se producen deformaciones en animales, incluso decenas de veces más que en otras zonas del país. Pero nada de aliens ni de zombis. «Tenemos muchos lobos, muchos jabalíes, incluso caballos salvajes… Como toda la vida».

Ilia lo tiene claro. Apura su sopa borsch, la más típica del país, mucho mejor que el vodka para luchar contra el frío, y un golubtsi, carne picada con arroz envuelta en hoja. «Me levanto a las siete de la mañana para encender la chimenea. Doy de comer a los caballos, trabajo en el huerto…». Sus ojos sólo se encienden para recordar. Como a Ana, la jefa de la casa. «Teníamos un pueblo muy bonito. Pero ellos [el Gobierno soviético] acabaron con él».

Ana Semenenko nació en Ilyintsi y quiere morir en Ilyintsi. «A los que evacuaron a otras ciudades, ésos sí que se mueren pronto. Nosotros aquí fallecemos de vejez… Algunos también por el vodka. Soy como un árbol de muchos años, que tiene sus raíces en la misma tierra que sus padres».

La mujer se afana en la preparación de la comida del día, ayudándose de sus manos rojas, de dedos hinchados y gigantes, duros y largos, rematados por unas uñas que la vida y el trabajo han oscurecido. La anciana se empeña en que probemos el salo, tocino de la tierra. Por supuesto, acompañado con vodka ucraniano. En Chernobyl no caben medias tintas. Ni medios tragos. «Si no bebes tu vodka hasta el final, lo que dejas en el vaso son mis lágrimas». Lágrimas de Ana Semenenko, fantasma de Chernobyl que, como otros vecinos, sobrevive en pueblos espectrales. Pueblos condenados a morir porque sus fantasmas aquí no son eternos.

Por Daniel Lozano
Para LA NACION

Fuente: Diario La Nacion